El paisaje no es decoración. Es una forma de transformar la manera en que habitamos un lugar.
Desde hace más de siete años me dedico al paisajismo, y en ese recorrido fui entendiendo la disciplina como una lectura profunda del territorio. En Uruguay, en particular, el paisaje está atravesado por la historia de quienes llegaron antes que nosotros. Durante mucho tiempo lo habitamos sin sentirlo del todo propio, pero hoy estamos empezando a reconocer su verdadero valor: el monte nativo, las praderas, los matorrales, esa riqueza silenciosa que siempre estuvo ahí.
En este proceso de aprendizaje, mi recorrido me llevó desde un castillo en la Toscana y la RHS de Wisley, en Inglaterra, hasta colaborar con algunos de los principales estudios de arquitectura de Uruguay, integrando distintas miradas sobre cómo intervenir el territorio sin perder el genius loci.
Hoy siento que estamos en un momento clave, no solo cultural sino también económico. Es un tiempo decisivo para invertir en el paisaje, en su regeneración y en su puesta en valor, porque entenderlo ya no es un lujo estético, sino una decisión inteligente y necesaria.
En ese sentido, sigo convencida de que el mejor proyecto no es el que más se ve, sino el que logra que la naturaleza vuelva a ocupar su lugar.
Mi trabajo consiste en algo simple y, al mismo tiempo, esencial: cambiar la forma en que miramos el paisaje para cambiar la forma en que lo habitamos.

